Tragedia y Redención: Rigoletto | Da Capo


Foto: Cultura Jalisco

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El miércoles asistí a la segunda de las cuatro funciones de ‘Rigoletto’ de Giuseppe Verdi, el primero de los dos títulos programados para la tan anunciada por el gobierno estatal (y tan esperada por los operófilos) Temporada de Ópera en el Teatro Degollado.

Recordemos que en la temporada pasada, fechada también en el mes de noviembre, de acuerdo a lo que la Secretaria de Cultura Myriam Vachez-Plagnol quiere instituir como ‘El Mes de la Ópera’, tuvimos tres títulos en la cartelera:
L’Enfant et les Sortilèges (El Niño y los Sortilegios ) de Maurice Ravel, L’Elisir d’Amore (El Elixir de Amor) de Gaetano Donizetti y Carmen de Georges Bizet.

La estrategia por la que apuesta en esta ocasión fue reducir la oferta a dos títulos, ‘Rigoletto’ y ‘Madama Butterfly’, pero incrementar el número de fechas por función.

En la anterior edición de la temporada de ópera, el Elixir contó con dos funciones y Carmen con tres; en esta ocasión se ha aumentado e igualado el número de funciones de cada título a cuatro.

Desafortunadamente para esta producción, la asistencia fue escueta. El teatro estaba a la mitad de su capacidad. Quizá fue el día, quizá no.

La ópera comenzó con una fluida y desenvuelta intervención de parte de la Orquesta Filarmónica de Jalisco dirigida por Marco Parisotto, quien a pesar de vivir un momento de controversia en la política cultural de la ciudad condujo sobriamente y con homogeneidad.

Inmediatamente después de la apertura del telón, se deja ver una parafernalia que sugiere una fiesta, que si bien no grotesca ni bacanal como realmente insinúa la historia original, sí fue algo extraña e involucraba discrepancias cronológicas muy contrastantes en el vestuario de algunas de las bailarinas, enmarcada en un escenario simple y lúgubre que por momentos no funcionó.

La intervención del tenor Sébastien Guèze como el Duque de Mantua fue lastimosa y muy atropellada. Un desarrollo escénico torpe y el constante estrechamiento de su voz estuvieron presente durante todos sus momentos. Era un Nemorino disfrazado como  Duque, ya que sus trazos y carácter lúdico reflejaban la personalidad de un muchacho inmaduro y malcriado en vez de un hombre mujeriego y temperamental. La práctica de atacar las notas siempre empujando la voz, quitó del todo la elegancia que Verdi le otorgó al personaje del Duque. Además, la sorpresa, y a mi parecer falta de respeto, que una vez iniciado el segundo acto que comienza con el aria ‘Ella mi fu Rapita… Parmi Veder le Lagrime’, el tenor francés no hizo presencia en escena. Un inmediato, largo e incómodo silencio sucedió la no entrada del cantante, a lo cual el director salió del foso a verificar qué ocurrió. Momentos después se cerró el telón y la voz del teatro pidió disculpas porque estaban experimentando ‘problemas técnicos’.

Después de pocos minutos el director regresó al foso y reanudóse la función. Esta vez sí apareció el tenor en el escenario, pero solo para ofrecer una aburrida, tediosa y sobre esforzada versión de una de los más emocionantes fragmentos de esta ópera y quizá de todo el repertorio verdiano. Por si fuera poco después del ridículo, aún el director tuvo que ralentizar la velocidad de la pieza y adivinar las entradas de Guèze. Contrastes mal hechos, un esfuerzo monumental por proyectar, agudos apretados emitidos con timbre artificial. Simplemente un cantante equivocado en un papel equivocado.

El Marullo encarnado por el ya ‘de casa’ Ricardo Lavín, así como la Giovanna de Mireya Ruvalcaba fueron una clara declaración pública de que en Guadalajara hay talento a pesar de la brevedad de la intervención de sus personajes. En esta misma categoría encaja el Monterone de Enrique Ángeles. Sus respectivas interpretaciones estuvieron marcadas también por una actuación destacable, que dejan ver sin lugar a dudas la experiencia de sendos cantantes. Ojalá que las autoridades culturales valoren esto y podamos en lo subsecuente verlos más allá de los papeles secundarios.

Del Borsa de Pablo Domene y el Conde Ceprano de Óscar Medrano puedo decir que cumplieron. No se puede decir más, ya que los papeles no tienen mucho más que ofrecer para poder desmenuzar. Lo mismo para la Condesa Ceprano de Rosalía Blanco y el Paje de Ma. Guadalupe Blanco. Quizá no fue la mejor elección para estos partichini.

La Gilda de la soprano cubana Eglise Gutiérrez no estuvo a la altura de las expectativas. Tiene severos problemas con su vibrato, una voz echada para atrás y una muy mala articulación, pues con dificultad se le entendía las palabras. Una Gilda demasiado oscura, que no convenció. Parecía, por el opaco y artificial color que le imprimió a su voz, que se le olvidó que estaba cantando Verdi. También es importante mencionar que era sumamente difícil alcanzar a escucharla y entender lo que decía. Una cantante que quedó mucho a deber y que el papel le quedó grande.

Cassandra Zoé Velasco realizó un buen trabajo como Maddalena la seductora hermana de Sparafucile. Su desenvolvimiento escénico fue bueno; convenció su sensualidad, aunque la escenografía no ayudara demasiado. Sin embargo, su voz también estaba echada para atrás y hubo momentos en que costaba trabajo escucharla pues su volumen no era suficiente

Y a propósito de Sparafucile, la interpretación de este personaje realizada por el bajo ruso Grigory Soloviov fue un bálsamo reconfortante. Con la homogeneidad a lo largo de todo el registro de su voz, un timbre redondo y brillante sumado a una buena actuación, el cantante se ganó un buen aplauso y un merecido reconocimiento en esta crítica.

Sin embargo, como el título de esta reseña indica, después de la tragedia del atropello de esta ópera, viene la redención de quien encarnara al más miserable personaje y protagonista de esta ópera: el bufón Rigoletto.

La estrella de la noche fue sin lugar a dudas el barítono Michael Chioldi, quien redimió los desatines de los demás e hizo de esta producción algo imprescindible de escuchar.

Una voz potente, viril y dramática fue el tributo de Chioldi para el público tapatío. Su Rigoletto enchinaba la piel. Cumplió y rebasó la expectativa, más aún tomando en cuenta que este fue su debut en dicho papel. La rendición de su aria ‘Cortigiani vil razza dannata’ fue una desgarradora interpretación de la desesperación de un padre al que le han arrebatado a su hija. Sin duda alguna, este cantante fue la cereza del pastel.

Por lo demás, la dirección escénica de Ragnar Conde habría tenido mejores resultados si algunos de los miembros del elenco tuvieran mejores cualidades histriónicas. Sin embargo, quien sí estuvo muy a la altura tanto en lo escénico como en lo musical fue la sección masculina del Coro del Estado dirigido por Sergio Hernández.

El estreno de la producción del siguiente título, ‘Madama Butterfly’ de Puccini será el domingo 22 de noviembre a las 18:00 h, y las demás funciones serán el 25 y 27 a las 20:00 h y el 29 a las 18:00 h. Las entradas tendrán un costo que va desde los $100.00 – $600.00.

Hasta entonces.

Alfredo Rossetti.

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