Poniendo la mano en el corazón…


nastroeniya-paren-muzhchina-5738“Manos frías, corazón ardiente”. Decía una querida tía abuela; pero al momento de escribir estas palabras lo único que yo tenía helado eran mis pies. Estos días de invierno vaya que congelan hasta los huesos. Y son días, que particularmente nos hacen pensar en nuestros sentimientos, en lo que a nuestro corazón agita y, por un momento sentimos como la sangre nos corre por todo el cuerpo.

Y la historia es un tanto verdad y otro tanto irreal, es así:

Siendo sincero en lo que va de mi vida (apenas veinte años)  no sé si alguna vez me he enamorado. Quizás, he estado bajo el embrujo del amor y jamás me he dado cuenta. Lo sé, me han dicho que me complico bastante la vida, parece que me gusta hacerlo. Me enredo tanto en mis pensamientos que incluso a veces, se me olvida que estoy vivo. Que mi realidad es ésta y tengo que vivirla.

Mi corazón no ha palpitado tanto como el de otros. En mis años de infancia se excitó más que en los de adolescencia y mucho más que en los de la juventud. ¿Qué pasa conmigo, acaso, tengo vieja el alma? ¿Muerto el corazón? No lo sé, ignoro tantas cosas de mi existencia que el amor me es indiferente. Quiero pretender que no me importa; sin embargo si lo hace, “eppur si muove”, mi corazón se mueve. Sí, lo hace, como el anciano “corazón delator” de Poe. En sus sollozantes latidos me habla y me dice: -¡Escúchame! Jamás has conocido el amor, porque él jamás te ha conocido y probablemente nunca lo hará-.

Rehusó a creer semejante condena. Cómo es posible que a mi corta edad nunca haya conocido el amor. ¡Qué tontería! Claro que lo he conocido, lo he sentido en las caricias de mi madre, en las palabras agrestes de mi padre, en las comidas con los amigos, en las noches de frenesí y alcohol, en las mañanas de café con libros, de olor a pan y jabón. ¡Qué carajo! Es imposible que mi corazón me esté hablando, a nadie le ha pasado eso; cómo un órgano que apenas alimenta mi sistema circulatorio me va a hablar, eso nunca se ha visto. Ni en las cursilerías más sublimes de Bécquer o Neruda. ¡Jamás has conocido el amor! Las palabras continúan retumbando en mi mente y hacen alarde de importancia; no me dejan caminar.

Voy rumbo a un destino que no conozco pero al que quiero llegar; quiero encontrarme con mi corazón para decirle que se equivoca. ¡Yo si he conocido el amor! Incluso, acabo de sentirlo ahora mismo, cuando crucé la calle y al voltear a mi derecha vi como un auto de pálido azul se dirigía hacia mí con claras intenciones de embestirme. En ese momento, he sentido el amor. He recordado las palabras que hacía unos instantes escuché de una mujer que casi me las susurró al oído: – Ten cuidado por donde vas, no vaya a pasar que el amor te tome por sorpresa y tú no estés preparado, alerta tus sentidos.

Antes de que el automóvil colisione con mi cuerpo; he repasado los días en la playa con mis padres, las noches de verano a la luz de una fogata, el perfume de esa persona amada en secreto, los besos que ya no daré. He recordado que sí ame, que seguiría amando, quizás ya no aquí pero si más allá. Que mi corazón se equivoca porque yo sí he conocido el amor y él me ha conocido a mí.

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